martes, 2 de agosto de 2011

ANTOLOGÍA POÉTICA. Antonio Portillo en el Pregón de Semana Santa, 1981

El abogado alcalareño Antonio Portillo Ríos dedicó estas palabras a nuestra Hermandad en su Pregón de la Semana Santa Alcalareña pronunciado el 5 de abril de 1981.

CREPÚSCULOS DE AGONIA

Él, arrodillado, levantando los brazos al cielo, el aura de su silueta cortando las sombras de la noche, va destilando de sus labios, dulces y temblorosas, las últimas plegarias de su amor: Padre ha llegado mi hora, cuida de ellos, que no desfallezca su fe. y diciendo ésto, sintió una angustia infinita en intensa y calló, había entrado ya en su pasión.

El llamador de oro ha dado un golpe seco. El paso se ha levantado. Los cuerpos, arqueados sobre las trabajaderas, se han estirado. Se oye el crujir de las vértebras. Se hinchan las fornidas y bellas arguilas de los cuellos. Los ojos se inyectan en sangre. La columna vertebral se les pone derecha. Crujen los huesos, Los músculos se distienden por el peso que gravita sobre cada costalero. Unidos en el sufrimiento, han alzado el paso como un triunfo. Y esta primera levantá, va por tu padre Juan, que de seguro nos mira desde su balcón del cielo. Y al grito de "a esta es", el paso queda firme, flotando en el aire de la capilla, mientras el cáliz de la agonía tiembla por el aleteo de tan sublime esfuerzo.
La tarde lentamente cae

el sol llama a los luceros,

Jesús, el de la Oración del Huerto

estrena capataz y costaleros.

Abajo treinta hombres

revestidos de frescos cuerpos

fuera, un guía

temeroso e inquieto

encima, ese Cristo tan moreno.

Tiemblan los corazones

ante la salida del templo

llevan los labios mudos

los oídos despiertos.
La brisa plegó sus emociones

se arrodilló el viento

solo la rama del olivo

besó el umbral estrecho.

Dobla el paso la esquina

ya no hay temor, inquietud, silencio

sólo un susurro del Cristo

elevando su rostro al Cielo

"Gracias Padre mío

por mi valiente cuadrilla

de hermanos costaleros".

Por el Barrero, la Madre detiene un momento su paso. Se calla por un istante el angelical tintineo, del divino balanceo de la cuentas del Rosario. Pronto las frágiles llamas de la encerada candelería encienden Tu cara de rosa, y en el jardín de tu semblante se perciben, reflejadas, las espinas del Calvario del Hijo, doblando por Santa Ana. Y aquí, al verte Reina mía, transformamos la alegría en súbito dolor, porque comienza con tu agonía nuestra verdadera vivencia de pasión. Y hasta la tarde, comprendiendo la seriedad del misterio, presurosa, cambia el tono festivo de su maquillaje. Cubre, acelerada, sus rojizos cabellos del ocaso con el oscuro velo de la noche y lo adorna, coqueta, con broches de estrellas perfumados de incienso.

Virgen mía del Rosario

es el aura transparente

de tu palio,

rojo cuando atardece

San Sebastián cruzando;

negro como el azabache

La Plata bajando;

y los cirios de tu pena

son lágrimas amargas

la Plazuela coronando.

El cíngulo grana

sobre la pureza del manto

sangre de tu alma

por el umbral entrando.

Tu imagen y tu palio

arco iris de devociones

Virgen mía del Rosario.


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